Era jueves en Sevilla, un día un tanto extraño para presenciar un concierto que llevaba meses anunciándose de forma discreta y que por su grandeza generaba sorpresa como sentimiento generalizado pero que iba a reunir en el Polígono San Pablo unas 7000 personas cantando, bailando o llorando bajo un mismo tono: hablo del concierto que dio BRYAN ADAMS el pasado 5 de diciembre. Sí. En Sevilla. 

¿Bryan Adams? Es decir… ¿BRYAN ADAMS? ” Me preguntaron muchas personas cuando comenté dónde había pasado la tarde del jueves. Y es que un artista de su categoría no necesita más presentación. Sí, BRYAN ADAMS, ese que en esta ocasión se encuentra presentando su decimocuarto trabajo de estudio, que ha vendido más de 100 millones de discos en todo el mundo, ese que lleva 30 años sobre el escenario y sacando discos que son éxitos, ese que “conoces” aunque no lo sepas, porque su música forma ya parte del imaginario colectivo del pop rock mundial. Pero vayamos por partes. 

 

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El Pabellón de San Pablo no es el mejor recinto (por su sonido y su única puerta de salida que hace embudo) para presenciar un concierto. Así lo comentaban algunos de los veteranos que han repetido allí en más de una ocasión. El escenario que se mostraba ante nosotros era inconmensurable.

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Una colosal estructura que incluía una enorme pantalla de leds y un equipamiento de luces que prometía ser delicioso. A poco más de la media hora de la hora oficial de comienzo, abría el concierto “The last Night on earth” , de su último trabajo y el setlist de la banda enganchaba con una jugada maestra que incluía temas más actuales con los mejores momentos de la carrera del vocalista: “Reckless”, “You Belong To me”, o “Have you ever loved a Woman?” no faltaron entre su repertorio.

Y el público lo cantaba todo demostrando así que los temas más actuales también son candidatos a convertirse en clásicos cuando les demos el tiempo necesario.

 

La voz de Adams, en perfecta forma, es la exhibición de un rango vocal que se mantiene fuerte pero es a la vez delicada, con un sentimiento que redirige de manera maestra alternando temas acelerados con baladas con una afinación y un timbre cálido.

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Los músicos que lo acompañan son también soberbios: un lado, su inseparable desde los 16 años Keith Scott a la guitarra; a la izquierda del escenario, gigante, pero discreto, Gary Breit armado con un piano de cola y unos teclados; en la sección rítmica, implacables, enérgicos y crudos Norm Fischer al bajo y Michey Curry a la batería. 

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El público, de todas las edades, no dudó en formar parte simbiótica de semejante espectáculo. Móviles en alto con las linternas encendidas convirtieron el Pabellón San Pablo en una enorme constelación de estrellas en más de una ocasión.

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Cantó todo lo que se le pidió y mucho más y por supuesto bailó y se entregó a un hermanamiento que, cierto es, pocas veces he visto y que, precisamente por eso, me sigue emocionando.

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Sin embargo en lo personal, “Heaven” coronó el momento emotivo cuando la pantalla (quien tuvo un papel protagonista junto con el resto de músicos) proyectaba un fondo espacial, donde un astronauta flotando en el vacío observa desde muy lejos la Tierra. Una pensaba (y piensa) en todas las personas que tiene lejos y se volvió un momento mágico que siempre agradeceré.

Es difícil de explicar cómo han entendido estos músicos el concepto de evento audiovisual en lo que se refiere a conciertos y los allí presentes asistimos a una clase maestra de cómo hacer pequeños cortometrajes para enlazar canción tras otra con la efectividad justa para no velar la actuación musical.

 

En este “Heaven”, Adams cantó dulce y suave, haciéndonos sentir que estamos en casa, en familia, haciendo uso de su envidiado rango vocal pese a que ya cuenta con 60 años de veteranía. 

 

Entre algunos momentos únicos (o únicos en esa noche), llegó el turno en el que el público hizo su petición de canciones, y así sonaron “I’m Ready”, “One Night love affair” y “Please forgive me” con un solo de guitarra demoledor. Todos dimos gracias a Cristina, quien pidió este tema. Tras “Summer of 69’s” Bryan nos pidió algo más de energía para bailar y así, encendieron cámaras hacia el público con “I fought the law” y grabaron a los más bailadores de la noche, creando una locura de gente moviendo caderas cual concurso de baile.

 

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Tremendamente divertido. Aun así el último momento mágico llegó cuando el vocalista contó su secreto (o no) de cuánto amaba su padre el flamenco puro y cuánto había querido él venir a Sevilla a cantar, siendo esta su primera vez, mientras iniciaba los primeros acordes de “Straight from the heart”.

 

 

Este tema alcanzó un doble nuevo significado de hermanamiento para todos los allí presentes pues, además, el protagonista de esta historia, el padre de Adams, falleció hace apenas unos meses. 

 

Y esta es prácticamente la historia de cómo BRYAN ADAMS llegó y en un par de horas que duró su show se llevó el corazón de alrededor de 7000 personas aquella noche de diciembre. Sin más artificio que un soberbio carisma, una soberana manera de saber actuar, jugando con los detalles. La calidez de ese concierto y su voz sigue resonando en mi cabeza y, probablemente, en la de todos los que allí nos reunimos. 

  

PD: A pesar de confirmarnos la acreditación desde la organización para realizar la crónica y fotos, tuvimos el problema de que al no llevar un "contrato" firmado que se supone nos tenian que haber enviado (nos enteramos allí mismo), la sorpresa fue que nos echaban de patitas a la calle de muy malas formas, con la "suerte" de que no fuimos con cámara (por que el problema era por lo visto de llevar camara y no tener ese contrato) sino solo a realizar la crónica y nos dejaron pasar finalmente. Las fotos las hicimos con el mismo móvil.


             

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