Cualquier cosa que diga hoy acerca de Lépoka y su trabajo  “El baile de los caídos”, es agua pasada. Y esto se debe a dos causas que nada tienen que ver la una con la otra.

La primera es la inmediatez en la cual vivimos, la velocidad con la que una banda que ya es reconocida como uno de los bastiones del Metal Español, enciende las redes con detalles que no solo se remiten a su música. La otra es el buen trabajo de difusión, prensa y promoción tanto del grupo como de sus satélites que, aunque haya gente que no lo quiera reconocer, también son parte de la galaxia de la música. Pero cualquiera de estas dos tiene, claro, la bandera de un disco impecable, producido con maestría y con un sonido que no ha temido en anclarse a un estilo base, y agregar detalles narrativos que hacen del disco un complejo interminable de placeres. Sin la calidad de la banda nada de esto vale para algo a la larga.

Pero para centrarnos en virtudes reales por encima de análisis baratos, cabe destacar la velocidad del disco, la cantidad de elementos combinados con el riesgo que ha tomado el grupo para que la mayoría de Medios con cierto conocimiento de causa los tilden como la banda más en forma del Metal Folk. No es poco decir. Al contrario, podría sugerir un peso extra a la ya manida caterva de criticones que piensan que todo está inventado. Parte fundamental de la inteligencia humana, que lo cotidiano se empeña en demostrarnos que no se utiliza demasiado, es el aprovechamiento de recursos, la capacidad creativa de poder concretar una melodía vaga, Celta, de vientos Ska, en una obra épica introducida con la voz de uno de los más destacados artistas del doblaje local como Luis Posada… Sí, ya sé que todo el mundo lo sabe y lo ha escuchado, pero la magia de este “pequeño” detalle abre un juego que, a lo largo de todo el trabajo nos deja la sensación de que han cruzado un límite, que lo próximo que hagan será todavía mejor. Los arreglos orquestales en cada canción, sin necesidad de sobrecargar tramos de canciones para conseguir un brillo extra, son excelentes.

Si lo escuchamos con atención podremos notar y percibir esos punteos del bajo a un ritmo frenético. La densidad de esa mala racha que narra  la letra, jugando con toques orientales y nórdicos a la vez, le suman una personalidad extra al disco.

La calma que aportan los vientos da ese toque que, si fueran eléctricos, tampoco quedaría mal. Al contrario, le aportaría violencia, algo que en este disco no hace falta porque es suplida con velocidad y fuerza. Tomar decisiones, ¿acaso no es eso la vida? Ese duende Celta, que en otra reseña remarqué como genética más española que otra cosa, aparece como en un teatro musical, en una puesta en escena que cualquier director de musicales quisiera para su gloria personal. Impresionante, porque no decirlo no me sería perdonado, la participación de Miguel Franco (Sauron) es una brutal muestra de elegancia y técnica. Suaves melodías de cuerdas del bajo abren a un costado Power que termina de redondear la importancia de una banda que no reconoce ataduras, que no es que se disfrace de pirata triste y tripulación ebria en busca de algún estropicio por hacer.

Remarco el trío de canciones que cierran el álbum es, simplemente, perfecto y épico. La buena alquimia que LÉPOKA ha conseguido tan magistralmente con toques de todas las naciones conocidas por el momento. Arabescos, cierto aire zíngaro, Ska, Heavy… y por supuesto: una poesía tan bien estructurada que no cae en ningún momento en repeticiones o innecesarias prolongaciones de la dicción para que el verso no rompa el Tempo…

En resumen, 6 meses después del lanzamiento oficial, con decenas de reseñas en toda la Tierra, escribir acerca de “El baile de los Caídos” es casi un riesgo, como opinar sobre un diario de ayer…  No descubro nada si digo que ha sido un lanzamiento sorprendente para los amantes del género, y un buen viento que empuja a nuevos proyectos que quieren vivir un estilo que requiere más arte del que parece y una suerte de desfachatez y sangre nativa celta.

Lépoka cuenta con todo esto.