Qué queréis que os diga; a mí la cuarentena esta me está viniendo bien. Me estoy conectando a diario con mi yo adolescente que tenía muchas ganas de charlar con mi yo actual.

 Y un día me dijo tal que: “Va, quítate esas cosas de seudointelectual del metal que escuchas (o rusos haciendo el mierda con sintetizadores, todo depende del día) y ponte un ratino Marea”, y menos mal que hice caso.

En Salamanca esta banda era bastante popular, yo debía vivir en una cueva o algo (casi, porque era de pueblo, era adolescente y era yo), ya que fue su cuarto disco el que llegó a mis manos en forma de copia pirata. Terminé un entrenamiento de artes marciales, y de aquellas, la música la descubrías porque te la pasaban otros, trapicheabas con copias pirata en todos los círculos sociales (¡Cuánto rulé Bathory por ahí! Y era peor, porque yo intentaba hasta dibujar la cabra en el CD, que parecía la Bestia literalmente porque podía ser cualquier animal menos una cabra) y así descubrí yo estos a estos “poetas ajados”.

Ese disco gris de la marca Verbatim con un 28.000 puñaladas mal escrito en rotulador negro por toda la superficie. Yo lo miré como miraría a un marciano recién aterrizado delante de mi maldita cara y mi compañero del gimnasio me dijo después de entregármelo: “¿No los conoces? Pues tienes toda la cara de escuchar Marea”.

Y allí que me fui yo muerta de curiosidad para casa, con todas mis hormonas y mi juventud, a escuchar aquello después de una ducha.

Pasó de quemarme en las manos a quemarme el corazón, casi de manera exacta.

Años después guardo recuerdos adolescentes, más bien etílicos, acerca de subirme en un banco y utilizar como micrófono una litrona de cerveza mientras me arrancaba por Marea.

Y lo que me llamaba la atención, es que comenzaba sola, pero se me agregaban varias voces más: igual de borrachas y apasionadas. ¿Qué coño tenía esta banda que había puesto sus letras en chavales jóvenes de toda España, como un himno a lo invisible?

Siempre pensé que lo que hacía poderoso a este grupo era la voz astillada de Kutxi, las guitarras de Kolibrí y de Ramallo en su conjunto con la batería de Ayerdi y el bajo de Piñas, ellos conseguían darte esa sensación de cercanía, de ser un ejemplo perfecto de lo que podría salir si te reunías con varios amigos con talento, mucho alcohol, un puñado de malas experiencias amorosas y una guitarra en una casa destartalada de pueblo.

Y esto es verdad, el tono es muy importante, pero no es lo único. Vamos a contextualizar un poco (de verdad, un poquito solo) a la banda y seguimos:

Fundada un 24 de diciembre de 1997, la Nochebuena de aquel año celebra el nacimiento de Jesús y, al mismo tiempo, de uno de los grupos españoles que más va a blasfemar sobre la figura de Cristo y añadidos; paradójico, ¿verdad?

Sacan su primer disco en 1999 y aquí hay un poco de lío porque el grupo navarro no iba a llamarse “Marea”, sino “La Patera”. A la hora de ir al registro para inscribir el nombre de la banda, se encontraron con que ya lo había hecho otra formación.

Entonces tiene sentido que le regalaran el nombre a su primer disco de 1999, ya que no pudieron tenerlo como banda. Se hacen un hueco importante en la industria musical en el año 2002 con Besos de perro (que aquí colaboró gente de Extremoduro y esto me parece lo más grande, bueno, en todo lo que asome la cabeza esa banda extremeña me va a parecer LO MÁS GRANDE). Después de bastantes problemas con sellos discográficos, consiguen consolidarse como banda y, me regalan una experiencia inolvidable en 2004 con el disco 28.000 puñaladas, que llegó a ser disco de platino.

Más adelante, entre descansos y giras, salen a la luz Las aceras están llenas de piojos, Las putas más viejas del mundo y En mi hambre mando yo en el 2007, 2008 y 2012 respectivamente.

Para 2019 hay discazo: El azogue, y no me las voy a dar de la mayor fan del mundo, no. Me he enterado ayer, como quien dice, de que existía y, además, de que vinieron a Berlín a dar un concierto en noviembre de ese mismo año.

Cuando tienes una edad, comprendes que el admirar a un grupo no es una competición ni hay un dogma estricto, simplemente encuentras momentos para rendirles culto, y esos momentos no son ni cada segundo ni siempre.

Pero los encuentras, os lo aseguro: en forma de artículo de opinión, de pulsación rápida con el pie en el transporte público mientras vas con los cascos…, o subida a un banco con una litrona de cerveza como micrófono, ¿no?

Con Marea pasa con muchos otros grupos que conocemos: el camino es largo y a veces nos desviamos por otros sitios, otros atajos u otras sendas, pero en un punto te das cuenta de que una vereda te ha llevado a un lugar conocido y allí están de nuevo: como si hubieran notado que les necesitabas para dar nombre a una situación, a un momento o, simplemente, para recordarte quién fuiste, que a veces con tanta madurez y con tanto artificio, se nos olvida.

Y esas bandas, queridos míos, son las que tenéis que tratar con más respeto porque, si han vuelto a aparecer, es porque algo dentro de vosotros las necesitaba. En mi caso es Marea, pero estoy segura de que, si os ponéis a pensar, hay una banda que da igual los años que pasen, la ponéis y movéis el pelo, os crece una guitarra invisible entre las manos y, además, os calienta el interior cuando está helado.

Me remito a la pregunta anterior, que dejé planteada pero incompleta: ¿Qué coño tenía esta banda que había puesto sus letras en chavales jóvenes de toda España, como un himno a lo invisible?

¿Qué coño tiene Marea?

En realidad, no tiene nada más que una habilidad acojonante, utilizando folclore español, regionalismos, literatura y una poderosa lírica, para hacer que tu corazón te moleste en el pecho y tengas que echarlo de tu cuerpo.

Echarlo cantando.

Muchas bandas de ese período, y anteriores, te contaban cómo era España lejos de los telediarios o periódicos. El país que te contaba el informativo de las tres, no era el que te contaba Ska-P. De igual manera que los sentimientos de los que te hablaba Bécquer en el instituto, o Fernando de Rojas en su defecto, no eran los mismos que te contaba Marea.

Esta banda hizo accesible el amor y el desamor a muchos que no empatizaban con la literatura dramática de instituto, o con la sofisticación del querer que se presentaba en las películas de Drácula o El cuervo, o con el mensaje confuso que daban las series románticas basadas en institutos.

Le dio “sentido a sentir”, cuando imperaba el romanticismo de culebrón de sobremesa, y a la blasfemia en un país que llenaba la iglesia los domingos. Marea no empleaba el clásico “bajar a todos los Santos del cielo” sin piedad y sin contexto, el uso de la religión tiene un propósito en su proyecto y es dar fuerza al mensaje.

Se cuelga un corazón de un gancho del techo, como un cerdo durante una matanza en cualquier comarca española, y se lo desangra mientras que en la otra pared hay un Cristo al que, desde la lejanía, se maldice y escupe.

Pero todo con más polvo, más penuria y más barro.

Esta agrupación es precisamente eso: un himno descarnado al sentimiento que te hace tocar el abismo más profundo o que te eleva, y por eso es molesto, porque es extremo y porque el uso de todo lo que hace referencia al “tú” en las letras, lo convierte en una declaración, no en una canción.

Marea no cantan, confiesan en un lenguaje vulgar y directo a otro lo que sienten, y ese oyente está obligado por pelotas a quedarse a escuchar todo el peso que traen esas letras.

“Tener cara de escuchar Marea”, hoy por hoy, no sé lo que significa, aunque creo que podría haber sido una manera educada de decirme:

“Sé que tienes las entrañas enredadas y el corazón en carne viva porque yo también los tengo.

Y van a seguir así toda tu vida, no te voy a engañar.

Pero va a haber mucha gente que se siente dispuesta a escuchar todo eso que te pasa por dentro y lo llame arte.

Porque así nos pasa a nosotros con Marea”.

 


             

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