Sala Custom, 4/11/25. A pesar de caer en martes, la visita de uno de los lumbreras del hard rock melódico europeo de los 80, ADRIAN VANDENBERG, logró atraer a unas 300 personas con su gira de “Mis años en Whitesnake” con quienes estuvo militando más de una década. Arrancar -21:33 horas- con un pelotazo del calibre de “Bad boys” supone un valor seguro para sacar la primera de las muchas sonrisas de la velada en el careto del afortunado personal que estábamos allí presentes. 
Y si, de sopetón la enlazan con la extraordinaria “Slide it in” -homónima de aquel tremendo LP del 84 que le abrió las puertas al mercado USA (no en vano fue top 40 platinum hit), de preciosa portada en la que una serpiente se desliza hacia abajo del canalillo del pecho de una señora- pues miel sobre hojuelas, por cierto, la contundente pegada y el golpe de caja asesino entonces de Cozy Powell ha encontrado un digno sucesor en el jovencito batera Joey de Voer. Desde el público llegó al escenario lanzada una bandera de los Países Bajos.
Ya con “Fool for your loving” constatamos que viviríamos una noche grande pues el prestigioso vocalista sueco Mats Levén (descubierto en el 97 con el álbum “Facing the animal” de su paisano Yngwie J. Malmsteen) nos había disipado las posibles dudas que pudiéramos tener cantando de maravilla. La formación la completaban dos acertados jóvenes más: el bajista Sem Christofeel y el teclista Lend Van de Leek.


La primera sorpresa -más que grata- fue rescatar aquella vieja y magnífica canción de 1982 que abrió el disco debut de Vandenberg con su banda en la inicial etapa holandesa: “Your love is in vain”, debo reconocer que ésta me puso como una moto (me vinieron muchos recuerdos de cuando era un chaval y la pinchaba en la radio). Luego cayó “Love ain´t no stranger” antesala de la balada rockera exitosa por antonomasia, cuyo videoclip martilleó la MTV como pocos: “Is this love”, momento ideal para echar un cigarrillo en la puerta.
El sonido era cojonudo, cada solo era bordado y sin artificios innecesarios ni pedalera que valga, limpios como una patena y la emoción se desbordaba por el recinto porque eran un montón de piezas maestras una detrás de otra que nos hicieron vibrar en la adolescencia y lo volvíamos a hacer cuatro décadas después, mucha tela compadre. Otro temazo -ejemplo perfecto de medio tiempo elegante- como “Gimme all your love tonight” resultó preludio de un breve solo de batería que el resto de los músicos aprovecharon para hacer un mínimo descanso tras el que sonó majestuoso uno de los mejores cortes -firmado por Vandenberg a medias con Coverdale- integrantes del disco del 89 “Slip of the tongue”: “Judgement day”, con esa cadencia pesada como un enorme paquidermo avanzando como un paso de cofradía semanasantera y un antológico solo que, en su día, hiciera Steve Vai.
Con un fondo de teclados por detrás, el rubio hacha nos regaló -jugueteando con la rueda del volumen, el botón del interruptor y el vibrato- la preciosa instrumental “Adagio for Strato” enlazada con la que, para mí, resultó la mejor de la noche: una impresionante interpretación del “Crying in the rain” con la que debo reconocer se me saltaron dos lagrimones -tema, si no recuerdo mal de cabeza, del legendario LP “Saints and sinners” de 1982- que nos dejó extasiados con un solo absolutamente excelso.
Animando al respetable a cantar -cosa que obedecimos ipso facto- desde el primer acorde del inmortal himno “Here i go again” (también de la etapa de Bernie Marsden) con el vocalista inspiradísimo y la sala coreando entregada a pleno pulmón su imbatible y rockero estribillo. Eran las 22.37 horas cuando la banda hizo una paradita.


Volvieron Levén y Vandenberg y sentados ambos en la plataforma de la batería, se marcaron un par de temas tranquilos, con tempo de balada rock, de la etapa en solitario de principios de los 80, siendo una de ellas una pieza tan recordada y admirada como “Burning heart” adornada con otro solo de excelencia guitarrera. Soberana muestra de cómo se afila un hacha rockera, alternando toques con los dedos y con la púa, así como hard rock y heavy metal de primera con melodía y clase a rabiar, nos quitamos el sombrero ante este tipo que, con 71 tacos conserva tan envidiable aspecto y estado de forma en directo.
El achuchón final resultó obviamente de campeonato: tremebundo y contundente “Still of the night” que cerró de manera gloriosa 90 minutos inolvidables de esa música que tanto veneramos.
Texto: Eduardo “Powerage” Pineda.
Fotos: Hedar





