Sala Custom, 10/10/25, KILMARA/DYNAZTY 

El día 10 vino a Sevilla una de las bandas más en forma actualmente, Dynazty. Los suecos llegaron para presentar su nuevo trabajo “Game of Faces”. Fieles a su estilo y sonido de siempre, el show de Molins y los suyos prometía una noche brutal que, por desgracia, terminó en lo de siempre: una desilusión con respecto a la manera que tenemos en esta ciudad de tratar a grupos de gran calibre.

Llegué a la sala Custom con tiempo de sobra, esperando una cola enorme, pues no quería perderme ni un segundo del show ni del clima preconcierto, y me llevé el primer jarro de agua fría. Una cola bastante triste en número que me dejó muy mal cuerpo. Viernes, temperatura ideal, una de las mejores salas de la ciudad y dos grupos con la solera suficiente para atraer a un aluvión de personas... pero las vistas fueron decepcionantes. Me encontré con varios conocidos, y todos comentamos lo mismo: la decepción que es esta ciudad, una vez más, como lugar de acogida de eventos internacionales. Y siendo ya todos perros viejos, hemos visto cómo Sevilla ha traído y tratado genial a bandas de prestigio y peso, pero últimamente (unos 15 años aproximadamente) no tenemos perdón ni derecho a quejarnos de que nadie viene a visitarnos.

Dejando a un lado esta queja y reflexión totalmente necesaria, me centraré en lo que fue la noche.

Kilmara empezaba con una precisión horaria brutal; pocas veces he visto a una banda empezar a su hora, y eso es una grata sorpresa. Los presentes nos apretujamos en las primeras filas, procurando dar el máximo calor al grupo y supliendo con ganas y energía la falta de aforo. El sonido en directo de estos chicos es impresionante: suenan con una potencia y una nitidez bestial; podías notar cada acorde y cada nota en su total envergadura y fuerza, cosa de la que precisamente van sobrados.

El metal potente y sólido, con unos sutiles toques de estilos que van desde el hard rock, el power y el progresivo (sin más que unas pinceladas justas y adecuadas), empezó a contagiar a la sala desde la primera canción. El saber hacer del vocalista me sorprendió muchísimo, teniendo una transición vocal que no me esperaba, y su trabajo en el escenario fue soberbio; unos vibratos en los screams finales que te llegaban en un impacto sonoro.

El volumen y la fuerza de la banda iban contagiando a los presentes y, en el tercer tema, nos tenían a todos ya conquistados. Se mueven genial, suenan perfectos y su puesta en escena —que me dejó desconcertado con la vestimenta (tardé un rato en darme cuenta de que vestían monos de mecánico)— está ejecutada de manera muy profesional, sin resultar coreografiada, dando una sensación de naturalidad a todo el concierto.

La interacción con la sala fue de premio: sin demasiados parones, sin dorarnos la píldora, creando una conexión real entre músicos y público, pero sobre todo permitiendo descansar y recuperar el aliento entre temas, porque resultó ser más que necesario.

El show de Kilmara se caracterizó por dos puntos importantísimos:
1º: la nitidez de su sonido. Cada instrumento suena sin comerse a los demás; no hay una presencia destacada entre ellos: pulcros, nítidos y contundentes. Puedes diferenciar perfectamente a cada guitarra de manera independiente, no has de esforzarte en buscar las notas del bajo, y los golpes de la batería no apagan ni colapsan en ningún momento, permitiendo a su vez que la voz sonara comprensible y clara desde cualquier zona de la sala.
2º: su estilo. Son potencia musical pura, sin abusar de la velocidad en la ejecución. La presencia del sonido y su potente música destacan en todo momento, inundándote desde la primera a la última nota; literalmente, en ciertos compases del show, la ropa y el pelo tiemblan.

El setlist fue energía sin parar: nada de cortes lentos ni transiciones de estilo para ir guardando fuerzas. Cada canción era una dosis de energía y potencia en vena, una invitación a moverse, saltar y seguir los ritmos con palmadas y coros. Nadie quedó indiferente ante su espectáculo, y todos disfrutamos de cada segundo con ellos. Si he de poner un “pero”, es que se hizo corto: podrían haber doblado su tiempo en escena y nadie se habría quejado.

Y tras un descanso para el cambio de escena e instrumentos, llegó el turno de Dynazty. Aunque llegó algo más de público, la sala seguía desangelada para lo que tenían preparado para nosotros esa noche.

La primera en la frente: qué sonido tan maravilloso. La potencia sonora fue palpable desde la primera nota, como si de un detonador se tratara. El público estalló literalmente en una ovación larga, estridente y sincera. Teníamos muchas ganas de oírlos y disfrutarlos, y no sé cómo, pero parecíamos el doble de gente en número.

Pese a ser mi primer concierto de Dynazty en directo, ya había podido disfrutar de su vocalista en otra ocasión y conozco su discografía, pero realmente no esperaba que sonaran tan bien en directo. El sonido delicado y preciosista de los discos seguía siendo el que es, pero envuelto en una capa de rudeza, contundencia y peso que no esperaba. La prístina voz de Molins se fusionaba con unos instrumentos graves y sólidos.

Los cortes van pasando unos tras otros con una fluidez impecable. Su frontman logra, en cada intervención, implicar a un público entregado, dialogando con los presentes, intentando expresarse en un castellano más que decente en contadas ocasiones, lo que hizo que todos nos sintiésemos más parte del show.

La puesta en escena está perfectamente coreografiada; son dinámicos y no paran de moverse por el escenario, recorriéndolo incesantemente durante todas las canciones. Se suben a los monitores, destacando siempre en primer plano, en el centro del escenario, el miembro que en ese momento lleva el peso de la canción. Son tan visuales como sonoros, en una fusión perfecta de ambos sentidos.

Las luces, quizás en algún momento, varían demasiado rápido de tonos oscuros a destellos cegadores y brillantes, pero no molestan y logran imprimir una sensación más viva al show.

A la mitad exacta del espectáculo comienzan con un interludio musical en el que cada uno de los integrantes de la formación nos enseña de lo que son capaces y de lo bien que pueden hacerlo. Un pequeño show instrumental dentro del propio show, que permite a Molins descansar la voz (el torrente de voz que muestra durante todo el concierto es abrumador) y, a la par de tener su momento de brillo bajo los focos, nos mantienen animados para la mejor parte del espectáculo.

Tras una interpretación, a su estilo, de Highway Star a nivel instrumental, Molins vuelve al escenario para rompernos por la mitad con “Yours”. Si con “Natural Born Killer” ya me habían hecho feliz, con esta interpretación de “Yours” me dejaron muerto de gusto. Y no fui el único al que le pasó: se podía notar que la sala estaba extasiada, una vibración especial terminó de unir a los presentes con el grupo, y fue palpable desde ese instante que, cuando una banda sabe hacer su trabajo, no importa cuántos seamos los presentes, podemos llenar el espacio en términos absolutos de entrega y disfrute.

Con un público entregado que se movía como uno solo al ritmo de las canciones y en total sintonía con el grupo, llegamos a lo que fue la guinda del pastel: “The Human Paradox”. Siento predilección por la fuerza y energía que transmite este tema y, en directo, es aún más brutal y directa la sensación que crea.

A estas alturas del show, nadie estaba quieto, ni tan siquiera el staff de la sala: los camareros e incluso el cuerpo de seguridad estaban presos del encanto de Dynazty. La sensación que inundaba la sala solo puedo describirla como disfrute absoluto. Era un lujo poder ver cómo la energía de la banda y la calidad de la interpretación (sobre todo vocal) estaban a la altura del primer tema: seguían sonando impecables, acompasados, con la misma fuerza en cada nota, en cada cruce entre músicos, en la coreografía al interpretar... asombrosos en todos los aspectos.

Para despedirse, el show incluyó a un nuevo miembro: el público. De una manera acertada y —siendo esto Sevilla, con poca gente y con un dominio del inglés, seamos sinceros, muy limitado— Molins logró hacer que la sala siguiera sus instrucciones y, cual director de orquesta, nos enfrentó a un duelo de canto. Con el estribillo de “Heartless Madness” como arma, nos mantuvo un tiempo más que respetable coreando como locos la letra del mismo en, no sé si llamarlo, un interludio extra que, pese a ser largo, muy largo, no resultó pesado para nada.

Como colofón, envuelto en una bandera entregada por el público, Molins y Dynazty cerraron la noche de la misma manera que la iniciaron: con un público entregado y deseoso de que siguieran allí por tiempo indefinido.

P.D.: Gracias a los guitarras de Dynazty, gané una discusión que empezó allá por 2009. Efectivamente, puedes beberte un tercio de una tacada mientras tocas sin que eso desmerezca en absoluto la ejecución de la pieza.

La noche terminó de manera satisfactoria; nos fuimos retirando poco a poco, mirando cómo se corría la cortina que separa al público de la zona de espectáculo, esperando a que volvieran a salir para regalarnos un par de temas más. Según me retiraba, podía ver las caras de satisfacción de los presentes, las conversaciones relatando lo vivido en los pequeños corros de amigos que aprovechaban para dar sus impresiones aún con el recuerdo fresco, y me volví a casa con la satisfacción de que viví una noche brutal que ni tan siquiera el mal hacer del público sevillano pudo deslustrar.

Crónica: Arus3000
Fotos: Aitana B. A.

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