Una vez más, Sevilla logró traer a una de sus salas (Sala X en esta ocasión) a uno de los grandes del metal, del power metal para ser exactos. Fabio Lione, la inconfundible voz de Rhapsody y después de Angra, llegó con su experiencia Fabio Lione’s Dawn of Victory a demostrar que sigue siendo uno de los referentes del estilo y del metal en general.

Siendo un jueves y con otros conciertos importantes en la misma fecha, el público respondió desde el primer momento. Una de las pocas veces que, llegando con bastante antelación, podía verse a muchos fans esperando el momento, tanto en los locales cercanos tomando algo y calentando motores como en la misma puerta, esperando para poder acceder a la sala. He de reconocer que, a pesar de acudir como redactor para Sevilla Metal, mi presencia era la de uno más de los ansiosos espectadores al concierto, pues soy gran seguidor del estilo y del propio Lione desde el 97. Y cuando entré en la sala y vi que la afluencia de público en el interior era bastante considerable, para el horario y tratándose de los teloneros (a los cuales Sevilla suele ignorar en su mayoría), una sonrisa apareció en mi cara.

Sin demasiada tardanza, pocos minutos (ni a cinco llegó) Alterium salía a escena. Los italianos aparecieron con un metal bastante potente que bebe directamente del power metal tan común en su país durante los 90/00, dejando claro que serían (y vaya que lo fueron) los escuderos perfectos para Fabio y los suyos.

Su frontwoman aunaba una imagen fina y delicada con una voz potente que dominaba los tonos medios con una pulcritud y detalle asombrosos. Esto, lejos del típico tono agudo y altísimo que se esperaría del power y de una voz femenina, nos sorprendió a todos (lo comenté con varios de los asistentes), tanto por la calidad como por lo inesperado según su aspecto. La puesta en escena del grupo está realmente lograda: siendo cuatro los miembros en movimiento en un escenario adecuado pero no excesivamente grande, el movimiento continuo y el cambio de posición parecían casi una coreografía fluida que hacía aún más dinámicas las canciones que nos presentaban, sin perjudicar un ápice la calidad del sonido, sólido y potente de principio a fin.


En tan solo cuatro canciones tenían ganado al público, que, pese a no comprender en general el exquisito inglés con el que se comunicaban, entendía a la perfección las intenciones de la increíble frontwoman de la banda, sumándose casi de inmediato a cada intento de integrar al público como parte del show. Una a una, las canciones nos atronaban, dando a conocer a los presentes una agrupación con una fuerza, calidad y presencia impresionantes. El tiempo volaba y, antes de lo que nos habría gustado a todos —sobre todo a los abundantes conocedores del grupo en la sala—, su show llegaba al final, dejándonos con muchísimas ganas de más y esperando (al menos por mi parte) que volvieran a regalarnos una ración de “extras” que habrían hecho las delicias de los presentes. Como detalle importante: los italianos ganan muchísimo cuanto más cerca los escuchas. Desde las últimas filas del recinto no podías darte cuenta de ciertos matices del sonido vocal y de instrumentos como el bajo, que guardaban detalles de calidad asombrosos casi imperceptibles si no era de cerca. En mi humilde opinión, cuanto más cerca, mejor se disfruta de su música. Y eso que, como digo, estando casi en la puerta de la sala, la experiencia y disfrute fueron sublimes.

Y con un poco de tiempo para salir a tomar el aire, empezó el plato principal. Lione y los suyos empezaron de una manera inmisericorde: tres acordes y la sala tembló, literalmente. El brutal sonido que desplegaron era perfecto, un poco más bajo en el tono que el sonido original de las canciones, dándole más contundencia y sin perder lo más mínimo de su esencia y fuerza. Dawn of Victory abría el inicio de una noche pletórica. La sensación de oír a Lione con una voz fuerte, limpia, con energía y que no ha perdido esa magia que nos hizo seguidores acérrimos puso la piel de gallina a muchos de los asistentes. Sumado a que desde la primera palabra hasta el final de la pieza el público coreaba a Lione (escuchar a una sala entera cantar —que no gritar— “Gloria, gloria perpetua” emocionó hasta al más curtido), despertó una fuerza que no veía en esta ciudad desde hace mucho tiempo.

La formación sabe lo que se hace y lo hace todo MUY bien: pausas justas entre canciones, con un Fabio cercano al público y a sus compañeros. El detalle de que hablara en castellano en todo momento, mezclando pequeñas palabras en italiano que pasaron inadvertidas para el común de la sala, encendía los ánimos de manera exponencial con cada canción. El repertorio fue perfecto, con lo que yo llamaría una explosión de segundas canciones, evitando saturar con los temas/singles de cada disco. Repasaron la vida de Rhapsody (me niego a ponerles el of Fire al que se vieron obligados) desde 1997 hasta su último álbum. Cada tema creaba un efecto increíble en los asistentes. Con una mínima presentación por parte de Lione, el corazón de los asistentes latía extasiado. La primera fila no paró un instante, contagiando su emoción y fuerza como una onda expansiva por toda la sala. No podías mirar a una zona cualquiera sin ver a la gente agitar la cabeza, mover el cuerpo presa del ritmo, tocar la guitarra al aire… poseídos todos por el sonido maravilloso que nos regalaban.

En el escenario, la presencia de Lione lo es todo: maneja el entorno como quiere y es capaz de hipnotizarte solo con mover un brazo. Pero eso no impide brillar al resto de los componentes, que, con un ritmo calculado y un saber hacer impresionantes, se mueven de un lado a otro sin que nos demos cuenta, intercambian posiciones sin que se note que se han cruzado, cada músico juega con su compañero mostrando una compenetración que diría perfecta, ofreciendo magia visual y sonora y destilando profesionalidad en cada pulso del concierto. Llegan a estar tan bien afinados que, en uno de los momentos, Lione rasgó las cuerdas de la guitarra de su compañero mientras este seguía manejando el mástil sin desmerecer un segundo el sonido. Dominan tan bien su show que, cuando fui a pedir un setlist, me llevé una sorpresa: ¡no usan! Saben hacer tan bien su trabajo que ni con las improvisaciones (que las hubo) en los intermedios necesitan un mínimo recordatorio de qué hay que hacer y cuándo.

Mención aparte merece el tema homenaje a Sir Christopher Lee, cantando la primera canción que el increíble actor grabó en su vida y cómo cumplió, junto y gracias a Lione y Rhapsody, un sueño. Compartió Lione lo que significó para él ese momento y esa grabación, que no estuvo falta de “dolor de cabeza” y esfuerzo. Fue un momento claramente importante. En la ejecución, pudimos notar la profunda voz del actor en la voz de Lione, que se transformaba tanto en tono como en presencia en el imponente actor, devolviéndonos en el recuerdo y en el alma a tan grande personaje por unos minutos.

Se acercaba el fin del show y no podía creer que más de una hora había volado. La banda se despedía de nosotros, amagando sin mucho éxito un simulacro de final de noche, pidiendo que todos nos quedáramos afónicos pidiéndoles más. Y es lo que consiguieron: volvían tras unos pocos segundos —menos de un minuto— para darnos otros tres temas, tres temazos que, como no podía ser de otra manera, incluían dos de sus mejores canciones y que, puedo jurar, nos devolvieron a los mejores años del metal, aquella época del fin de los 90 y el inicio de los 00. Symphony of Enchanted Lands hacía su aparición en escena y nos volvimos locos, poseídos por la magia del recuerdo e impulsados por la fuerza en la ejecución de esa obra de arte musical. Todos los presentes nos vimos encantados por Lione y los suyos, presa del conjuro musical que es la canción. Las ya cansadas voces coreaban, alentadas por los músicos, estribillos y estrofas sin parar. La fuerza y el espíritu de la banda volaban por la sala, impregnándolo todo una vez más, sacando fuera el resto de energía que nos quedaba dentro y preparándonos para el punto final épico, lo que llevaba toda la noche esperando… Emerald Sword. Confieso sin pudor que rejuvenecí en espíritu y en alma al escuchar el tema final de la noche. No sé cómo, pero recuperé la energía necesaria para volver a cantar sin esfuerzo. La ilusión se manifestaba por mi cuerpo en forma de vello erizado y no era el único presente que se sintió así. Todos estábamos presos de la magia que esa canción tiene y de cómo Lione y los suyos nos la regalaban. Fue, de manera categórica y sin un pero posible, el broche final perfecto para una noche igual de perfecta.

Hacía mucho que no disfrutaba tanto del combo de sala, músicos y público. Descubrí un nuevo grupo, Alterium; me reencontré con amigos y conocidos que hacía bastante que no veía, bajo el sonido y la presencia magistral de Lione y su banda; y, como guinda del pastel, sentí que esta ciudad respondía como es debido a la visita de uno de los grandes del metal. Sensaciones positivas en todos los aspectos, tanto técnicos como humanos. Una noche para recordar.

Crónica: Arus3000
Fotos: Daniby